sábado, 10 de enero de 2026

El pasado importa

 

La pregunta de un reportero en la conferencia del pueblo (07/01/2026), en torno al cuestionamiento de Sergio Sarmiento para dejar de recordar el desastroso capítulo del gobierno del PAN que tuvo en Felipe Calderón al principal cancerbero que convirtió al país en una fosa común, con su guerra en contra del narcotráfico liderada por un narco hoy preso en Estados Unidos, me devolvió el recuerdo que he compartido en otra ocasión: hace varios años, una amiga, orgullosa priista, al comentarle algunos hechos acaecidos durante los gobiernos del PRI y el PAN, me dijo cortante “eso ya pasó”. No me callé, no acostumbro hacerlo, regresé sobre el tema.

Quienes nos educamos en el contexto de las ciencias sociales, sabemos la importancia que el pasado tiene, no solo en nuestros estudios académicos, sino también en nuestras concepciones y análisis de la realidad. Los estudios antropológicos, el trabajo de campo es fundamental para establecer patrones y puntos de partida desde la realidad de nuestros sujetos de estudio, es decir, de las personas con quienes trabajamos, me dieron la posibilidad de observar el comportamiento de las personas -3 dimensiones, como plantearía Bronislaw Malinowski en su extraordinaria obra Los argonautas del Pacífico occidental- y tener una idea de su realidad individual y colectiva. También, mostraron la importancia que el pasado tiene.

El pasado importa. No es que la 4T, AMLO y Claudia Sheinbaum se aferren. Es porque nuestra realidad actual está sujeta a ese pasado, lo que muchas políticas públicas –seguridad, derechos sociales, etc.- intentan cambiar. Por ejemplo, durante 36 años -4 sexenios priistas y dos panistas- los gobiernos neoliberales hundieron en la pobreza a millones de mexicanos, mientras unos pocos amasaban inmensas fortunas personales y familiares con dinero público y políticas gubernamentales que los favorecían. En los pasados siete años, el aumento a los salarios mínimos y las políticas sociales del gobierno de la 4T, lograron dos hazañas: 13.5 millones de personas salieron de la pobreza y muchos, según el Banco Mundial, se ubican actualmente en los sectores de clase media mexicanos. La movilidad social volvió a ser una palanca del bienestar.

Asimismo, la guerra emprendida por Felipe Calderón, supuestamente en contra del narco, encabezada por un narco, sumió al país en la oscuridad de matanzas, ejecuciones extrajudiciales, asesinatos, desapariciones, reclutamiento de jóvenes, crecimiento de las adicciones, entre otros hechos. Los sexenios del cancerbero Felipe Calderón y el corrupto Enrique Peña Nieto, nada hicieron por detener la guerra desatada por el panista Calderón. Aunque Genaro García Luna no continuó como funcionario público, fundó una serie de empresas y obtuvo contratos que lo volvieron multimillonario, incluidos algunos socios/as que hoy están siendo detenidos. La guerra contra el narco, no solo hizo millonarios a unos cuantos, sino también convirtió al país en una fosa clandestina. Los desaparecidos de ayer y de hoy son parte de esa guerra.

El pasado importa, porque recordarlo y tenerlo presente es decirles a las actuales generaciones que el país enfrenta retos y situaciones que no surgieron de la nada, sino de lo que los gobiernos anteriores del PRI y el PAN hicieron. No se trata de horrorizar a nadie. Suficiente tuvimos quienes vivimos esa etapa. Acteal, Lomas de Salvarcar, San Fernando, TecMonterrey, etc., son solo algunos episodios que este escribano observó con horror. Y las matanzas diarias que los medios corporativos golpistas ocultaron mediante un acuerdo con el narcogobierno de Calderón. No es que ese pasado nos persiga inexorablemente. Es solo que el pasado importa, porque recordando nos percatamos que México no se bañó de sangre de la nada. Felipe Calderón, Genaro García Luna y otros cancerberos del PAN y el PRI, convirtieron a este país en una “amenaza” para Trump. Es decir, un pretexto para invadir México, un pretexto más de la derecha antipatriota para hacer de México una colonia sometida a un imperio decadente.

La tibieza del progresismo latinoamericano

 

Las izquierdas en América Latina, están pasmadas ante el ataque de Donald Trump contra Venezuela y, lo que parece, el sometimiento del chavismo-madurismo en ese país. Hay resistencia, pero ante las circunstancias de un imperio envalentonado, la cúpula madurista está negociando con su peor enemigo. Hoy se sabe que pronto reinstalarán embajadas en ambas naciones. Dicen que las apariencias engañan, pero la reacción del chavismo-madurismo está limitada. A nivel latinoamericano, el golpe asesino del Trumpismo –lancheros asesinados, guardia personal de Nicolás Maduro asesinados, bombardeos en varias ciudades, incluida Caracas- puso a las izquierdas en jaque. Pocos pronunciamientos contundentes, intelectuales desarticulados, prensa de izquierda que primero se justifica con el “mal gobierno” de Maduro, izquierdas electorales y mandatarios progresistas tibios.

Durante varios meses, la propia izquierda negó que Donald Trump golpearía a Venezuela. No lo consideraban “capaz” de tal barbaridad, pero el escenario mundial generó las condiciones para la acción bélica estadounidense. Las izquierdas, tanto latinoamericanas como europeas y de otros países, no hicieron mucho para condenar el genocidio en Gaza, menos las maniobras de la guerra Rusia-Ucrania. Tampoco alzaron la voz para condenar el otorgamiento de un premio Nobel a una cancerbera fascista como María Corina Machado. De la derecha se puede esperar todo lo anterior. No dudaron en aplaudir al Trumpismo, sus amenazas, y finalmente su ataque a Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro. En México, el comportamiento de las izquierdas no ha estado muy alejado del de las izquierdas latinoamericanas y europeas. Las marchas a favor de los palestinos, no están lideradas por la izquierda, sino por un conjunto de ciudadanos horrorizados por el asesinato masivo de miles de palestinos.

En este contexto, sobresale la complicidad de medios de comunicación corporativos golpistas y muchos alternativos, algunos de los cuales, en el caso de México, se han centrado en la crítica feroz a las conferencias mañaneras o algunas equivocaciones de la presidenta de México; muchos periodistas, tanto de los medios corporativos como de los espacios alternativos –youtuberos-, antes que condenar la invasión a Venezuela, se descartan del chavismo-madurismo, lo que políticamente desvanece su supuesta oposición a la invasión; diversos académicos, siguen la misma ruta del periodismo derechista y de izquierda, pues a su desaprobación, precede el deslinde del madurismo, por considerar que Maduro era antidemocrático y autoritarios, y finalmente, los dizque defensores de derechos humanos, centran sus alegatos en las violaciones a los derechos humanos del madurismo, lo que no es censurable, pero anteponen a la invasión y al secuestro, sus fantasías sobre los derechos humanos. No ven, en la invasión de Estados Unidos, y el secuestro del presidente Maduro, violaciones de facto a la legalidad internacional y los derechos humanos.

Si bien, Nicolás Maduro no fue lo que muchos izquierdistas y progres buenaondita hubiesen deseado, su secuestro y la violación a sus derechos humanos es real. Asimismo, ignorar que el brutal bloqueo a Venezuela, perpetrado por Estados Unidos y Europa, no impactó la economía y la vida de millones de venezolanos que tuvieron que salir de su país porque sus condiciones de vida fueron empeorando –unos 7 millones de venezolanos salieron de su país, la mayoría rumbo a Estados Unidos, país que hoy los está expulsando, mientras miles permanecen en México y otros países de América Latina en los que se han tenido que asentar (en el caso de Chile, el próximo gobierno derechista pinochetista ha amenazado con expulsarlos)- es criminal. Los dizque defensores de derechos humanos, periodistas, académicos, izquierdistas y progres buenaondita, viven en un mundo de fantasía en el sus principales referentes son de derecha. A las izquierdas y los progresistas les hace falta calle y un golpe de realidad.