domingo, 12 de julio de 2026

Suicidas

 

Hoy ha sido un día extraño. De pronto, comencé a pesar en algunas personas cercanas que decidieron partir por propia mano de este plano. En otras ocasiones he escrito sobre el suicidio y los suicidas, pero no desde una perspectiva académica, sino a partir de las experiencias personales en las que he estado envuelto. Los estudios sobre el suicidio llenan los estantes de las librerías y bibliotecas. Todos, desde el ojo “científico”, buscan explicaciones y especulan sobre las motivaciones que llevan a las personas a quitarse la vida, pero, desde mi punto de vista, caen en simplismos y lugares comunes. En la mayoría de los casos, olvidan a los suicidas. Uno de los últimos suicidios que asolaron mi vida, la madre del suicida, a una pregunta expresa sobre qué habría pasado me dijo tajantemente: ya lo trabajé mucho con el terapeuta. Es decir, aparentemente en lo emocional ya lo había resuelto.

Es la apariencia. Dejarle al psiquiatra, psicólogo, terapeuta, que los fantasmas se alejen después de un acto tan atroz, es intentar enterrar a alguien quien quizás ni señales dio, porque lo de las señales es la cantaleta favorita de los “expertos”. Hay que estar atentos, dicen, los suicidas van dejando rastros por todos lados, lo que creo que es una falacia. Según otro pariente del suicida, un par de meses antes, después de la ruptura del suicida con una novia, le preguntó cómo estaba –un hombre preguntando a otro hombre, uf- y respondió: todo bien. Y se olvidaron de las “señales”. Semanas después esta persona se suicidó de la manera más atroz que pudo. La persona más cercana a este suicida me comentó que ese día fatal, llegó a su casa y no pudo abrir la puerta. Tocó repetidamente y no respondió. Llamó a un amigo, a la familia, y finalmente entraron, evitando que está persona entrara porque el suicida se había colgado de unas escaleras.

Ya me percaté porqué pensé los suicidas cercanos. Hace un par de días leí horrorizado que un jugador de Sudáfrica se había suicidado. Unos días después de haber participado con su equipo de futbol en el Mundial 2026 en México. Tenía 25 años y, según la prensa, estaba deprimido. Es todo. Nunca supe que uno de mis suicidas cercanos hubiese dejado una nota por su irremediable partida, pero eso no importa. Cuando supe que mi padre, hace tantos años se había suicidado y nadie supo decirme la razón, solo encontré en la prensa amarillista una foto de un hombre colgado. Esa imagen la llevo en mi mente. A veces sale a relucir, porque resulta que no tengo una imagen de mi padre en otro momento. Mi madre y mi padre no vivían juntos, estaban separados y la familia de mi madre lo repelía. Cuando iba a vernos, a mi hermano mayor y a mí, una reja lo detenía. Recuerdo un día, cuando mi hermana nació, los dos hermanos, vestidos de blanco, fuimos al hospital a ver a mi madre recién parida a mi hermana. Mi padre nos llevó de la mano.

Ambas imágenes, contrastantes, de un hombre colgado y de un hombre buscándonos y llevándonos a ver a mi madre, me acompañan. La ausencia de mi padre la sentí años después, porque en realidad era alguien lejano, sobre quien se decía era nuestro padre. Descubrí también, en esas distancias poco sentidas, que mi padre era papá de mi hermano y mío. Mi hermana era hija de alguien a quien no conocí. Jamás he juzgado a mi madre. Ella se fue a la tumba con ese secreto, el cual era suyo. Igual se llevó otros. Uno del que mi hermana se enteró por una prima solterona que no sabe callar. Parece que herir a otros es lo suyo. Mi mamá tuvo otra hija, pero mi abuela materna la obligó a dar en adopción. Yo supe antes de esta historia, en apariencia truculenta, pero no tuvo efectos duraderos en mi realidad. Lo mismo pasó cuando supe que mi padre, un huérfano de la capital mexicana, había sido adoptado por mis abuelos paternos, había tenido otra hija, es decir una hermana de mi hermano mayor y mía. Qué ha sido de la vida de estas personas, no lo sé. Pero todos estos recuerdos de mis suicidas, se agolparon en mi mente cuando leí sobre el suicidio de ese joven futbolista sudafricano que jugó su primer y último mundial en México, contra México.

sábado, 4 de julio de 2026

A 20 años del fraude de 2006 y de una guerra esquizofrénica

 

Es importante recordar que hace 20 años, el PRIAN, sus aparatos burocráticos electorales, las elites empresariales y políticas, maquinaron un monstruoso fraude electoral que todavía millones de mexicanos recuerdan. El periodista Francisco Cruz recuerda que antes de las elecciones de 2006, un personero del PRIAN llegó a la embajada de Estados Unidos en México para comunicarle al embajador que el espurio Felipe Calderón ganaría la presidencia por escaso margen, pero que sería el presidente que el gobierno intervencionista estadounidense esperaba. Y el PRIAN cumplió: en diciembre de 2006, emprendió una guerra genocida con armas de ese país con la finalidad de entronizar a un cartel de las drogas, en contra de otro. Su secretario de Seguridad, hoy preso en el país del norte por narcotráfico, pergeñó un plan, con el gobierno de ese país, para asesinar mexicanos y dar continuidad al tráfico de drogas al mismo.

Ni Estados Unidos ni el PRIAN, a pesar de la celebración del espurio Felipe Calderón y sus seguidores y bots en redes sociales, se pueden decir ajenos al quiebre de la democracia en México en 2006. Es necesario recordar que AMLO fue desaforado por intentar abrir una calle en un terreno privado para un hospital, no para el goce de políticos y empresarios. Pero fue el gran pretexto del peor presidente de México, Vicente Fox, para intentar borrar a un jefe de gobierno que la gente, no solo los habitantes de la CDMX, sino a nivel nacional, veían como su candidato natural. La intención del PRIAN y del empresariado ultraderechista era quebrar anticipadamente la democracia mexicana. Supusieron que un pretexto imbécil sería suficiente para sepultar a un político con las agallas y la trayectoria de AMLO. Ante tal hecho, la movilización cundió y el marihuano Vicente Fox tuvo que recular. Tenía todas las de perder. Y así fue. Vicente Fox sigue hundido en la basura de la historia y Felipe Calderón es un reputado narco y asesino.

La guerra esquizofrénica que emprendió Felipe Calderón, con la fatídica intervención de su narco secretario de Seguridad, hoy preso en Estados Unidos, no solo fue para intentar legitimarse, pues nunca lo logró, aunque concitó aplausos de la derecha sociedad civil, políticos y empresarios fascistoides, sino para satisfacer los fines de el país del norte. Para el gobierno estadounidense el aniquilamiento de los narcos en sus países de origen, dejan a salvo iniciar una guerra interna que implicaría acabar con miles de pandillas y carteles en ese país que transfieren miles de millones de dólares a su sistema financiero, producto de la introducción de drogas y su distribución entre millones de adictos de una sociedad quebrada social y políticamente. Aunque las muertes por drogas letales han tendido a disminuir en los últimos años, no es por una política gubernamental, sino por elecciones individuales que han implicado la baja en el consumo de drogas altamente adictivas.

El fraude electoral de 2006, no auguraba un sexenio diferente al de Vicente Fox. El PAN carece de un proyecto de nación que realmente implique cambios profundos en un país como México en el que se arrastran graves problemas. Recientemente, Jorge Romero, el corrupto presidente del PAN, cabeza del cartel inmobiliario de CDMX, presentó un decálogo de malas intenciones que solo anuncian el regreso al pasado neoliberal, pero en condiciones de lo que el capitalismo salvaje impone. Privatizar empresas públicas, desfondar programas sociales –en realidad derechos sociales-, entronizar a las hordas empresariales fascistas, entre otras “propuestas”, cuya finalidad es restaurar privilegios de unos pocos y hundir a millones en la miseria. Millones de mexicanos han salido de la pobreza con las políticas económicas y sociales del obradorismo, AMLO, la 4T y Claudia Sheinbaum, pero el prianismo intenta vender la idea de que durante el gobierno de Vicente Fox muchos mexicanos dejaron de ser pobres, pero sus cifras maquilladas no les alcanzan. Es necesario enfatizar que el fraude electoral de 2006 es hundir a México. No hay vuelta atrás.