En Madrid, España, se canceló la marcha de la generación Z porque nadie
acudió al llamado; en México, los sombreros marcharon a distancia, sin
confundirse con los contingentes de la derecha partidista, ONG, OSC, políticos
y muchos cuarentones, cincuentones, sexagenarios, septuagenarios y
octogenarios, pero los encapuchados pagados por los fascistas, no dejaron de
golpear y derribar vallas con la intención de quemar el Palacio Nacional y la
Catedral Metropolitana. Esos son los gen Z: violentos, fascistas, a quienes la
democracia no les importa. Previamente, la supuesta generación Z hizo público
un pliego petitorio en el que la democracia les importa un carajo y en el que a
gritos piden regresar al pasado (órganos autónomos, entrega de apoyos por un
“organismo independiente”, entre otras estupideces de la derecha prianista). Es
lo que la gen Z de los viejos –literal- políticos derechistas piden: fueros,
privilegios, saqueo, enriquecimiento, patrimonialización de lo público. Nada
nuevo. Nada con la democracia, todo con la violencia fascista.
¿Y qué le quedó a la gen Z? Ahora dicen que los policías que
resguardaban Palacio Nacional los violentaron y robaron celulares. Hasta La
Jornada, periódico otrora de izquierda, se solaza con sus reportes de “miles”
que acudieron a la marcha, cuando sus propias fotografías muestran su falsa y
manipulada crónica. La prensa tradicional y corporativa ya no da mucho en un
país que está siendo transformado a pesar de las mareas rosas, las marchas gen
Z y lo que se acumule. Ya no hay mucha diferencia entre prensa de izquierda y
de derecha. Todos asumen que hay que derribar al gobierno democráticamente
electo, con la violencia fascista que los acompaña. Ante la violencia desatada
por los acompañantes de ambas marchas –sombrereros y Zrucos- entre los
marchistas, según una crónica menos favorable a los marchistas, el odio, la ira
y el descontrol de los asistentes se desataron. De las banderas blancas y su
anhelo de paz, pasaron al odio clasista, misógino, discriminatorio.
La marcha de los sombrereros y los Zrucos, derriba la narrativa de la
derecha que, incluso entre cierta izquierda ha ganado adeptos, sobre una
supuesta batalla cultural, pues en realidad lo que los conservadores, derechistas,
ultraderechistas y fascistas lo que defienden es el machismo, la homofobia, la
xenofobia, la adoración a los multimillonarios, aunque muchos de sus cultistas
jamás verán en toda su vida mil millones de pesos juntos o en activos o en
propiedades, y la apología de la violencia. Desafortunadamente, ese sector de
la clase media hacia arriba, no tiene referentes democráticos. Añoran el retorno
a los tiempos en los que el PRIAN gobernó, momentos en el que el saqueo, la
corrupción, la impunidad, la represión eran parte de las políticas
gubernamentales. No podemos olvidar, Atenco, la fuga del Chapo Guzmán, la
guerra esquizofrénica del asesino Felipe Calderón, la represión en contra del
magisterio, entre otros hechos.
Sin embargo, la derecha busca que se olvidé ese pasado reciente, pero
con la finalidad de restaurar los tiempos en los que los medios corporativos
golpistas recibían dinero público a manos llenas, cuando el Poder Judicial hacia
simbiosis con la oligarquía, cuando los multimillonarios no pagaban impuestos,
cuando el gobierno prianista endeudaba a PEMEX para quebrar a la empresa
estatal y venderla al mejor postor a precio de ganga, cuando los derechos humanos
eran una entelequia para la CNDH, etc. Las marchitas de los sombrereros y los
Zrucos fracasaron porque el odio y el desprecio clasista, misógino, racista y
discriminatorio no tienen cabida en la vida democrática de un país en el que millones
de mexicanos, no el “pueblo” al que cierto sector clasemediero alude. La clase
media es un pequeño sector respecto a los millones de mexicanos que no son
parte de esas clases medias aspiracionistas, blanqueadas, racistas, clasistas,
misóginas, odiadoras.
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