A nadie deben sorprender las narrativas del asesino Felipe Calderón y
Diego Fernández de Cevallos, ambos decrépitos prianistas que le siguen
apostando a la guerra, a la eliminación del otro. Según el espurio
expresidente, quien vive en su autoexilio dorado en Madrid, con el producto del
saqueo y la corrupción de las arcas públicas, dejó “resuelto” el problema en
Michoacán. Con la impostura que lo caracteriza, miente para su público
derechista. En Michoacán, la producción y trasiego de drogas, con rumbo a
Estados Unidos, tiene una larga historia. Solo por mencionar un caso: en los 60
del siglo pasado, muchos campesinos se dedicaban a plantar amapola y marihuana.
Cuando en 2006 el maniaco e hipócrita Calderón, lanzó su guerra esquizofrénica,
lo único que hizo fue abrir un periodo de terror que llevó al país al asesinato
de unos 200 mil mexicanos, entre narcos y ciudadanos que nada tenían que ver
con el narcotráfico. En el contexto del Plan Michoacán para la Paz y la
Justicia, es importante desmontar estas narrativas que solo contribuyen al
odio.
En el caso de Diego Fernández de Cevallos, uno de los artífices del
Prianato, la corrupción, el saqueo y la guerra contra el narco, escribió en un
periódico de supuesta distribución nacional que la muerte de Carlos Manzo es
agradecible. Es decir, el desquiciado prianista ve el asesinato del presidente
municipal de Uruapan, como “útil”. Su uso por la derecha no es nuevo. A partir
del asesinato del edil, la derecha desató una guerra propagandística para, por
un lado, pedir la invasión de Estados Unidos a nuestro país, y por el otro,
intentar convertir en su mártir al político asesinado. Es realmente abominable
que el derechista Fernández de Cevallos escriba con orgullo que el homicidio
favorece a la derecha y su odio en contra de la 4T, AMLO y la presidenta de
México. Pero, como lo he planteado en otros escritos, a la derecha no le
importan los ciudadanos, menos la democracia. La violencia es central en su
narrativa y práctica.
Sin minimizar el artero asesinato del presidente municipal de Uruapan,
es importante precisar que durante el periodo neoliberal los asesinatos en
contra de diversas autoridades municipales, crecieron. Los sexenios de Felipe
Calderón (PAN) y Enrique Peña Nieto (PRI), registran las cifras más altas de
agresiones a alcaldes de distintos municipios y estados del país. Tampoco se
niega que durante la administración de AMLO y la actual de la presidenta de
México, varios presidentes municipales han sido asesinados. A nivel municipal y
local es donde estas agresiones son más frecuentes, además de que se han
documentado casos de contubernios entre autoridades municipales y los grupos de
la delincuencia organizada. Pero no hay muertes útiles. Todas las vidas
importan.
El problema con la derecha es su desesperación por regresar al poder y
desprecio por la democracia y la ciudadanía. La carroñería derechista es
insultante. Pretender convertir a un político asesinado en su mártir, no
enaltece al asesinado y a su familia, menos a los ciudadanos que los apoyan. En
el caso del Movimiento del Sombrero, al parecer para que siga en la palestra
mediática, se generó algún tipo de “pacto” con la derecha partidista y otros
grupos oscuros que están detrás de las marchas de los sombrereros, de los
Zrucos y las hordas violentas que intentaron ingresar al Palacio Nacional. Hay
videos en los que se registra cómo los violentos enmascarados se fueron
incorporando a las marchas y cómo, incluso –no se bien de qué marcha-, una
mujer les echa agua bendita para realizar su violenta irrupción.
Miente el delincuente Ricardo Salinas Pliego, cuando acusa de
“represión”, porque no hubo tal represión. Fue un montaje que se montó en una
“muerte útil”, aplaudida por la derecha y los fascistas. Es desafortunado que
el autollamado Movimiento del Sombrero no se haya deslindado de la violencia
que sus integrantes promovieron. ¿El fin de ese movimiento? Veremos si el 20 de
noviembre regresan para continuar respaldando el intento de golpe de estado
derechista.
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