En el contexto de la violencia derechista que pretendió incendiar el
Palacio Nacional y el zócalo de la CDMX, algunos protagonistas de los social
media, han salido a deslindarse con la cantaleta de la “neutralidad”. Cuando estudié
antropología e historia, algunos profesores se ubicaron en la falsa idea de la
neutralidad. Pero, desde hace muchos años supe que la neutralidad, en cualquier
campo de nuestras vidas sociales, económicas, culturales y políticas, no
existe. En la academia, la falsa neutralidad se equipara a la objetividad. Efectivamente,
muchos profesores insisten en que el investigador debe ser objetivo, pero
desafortunadamente su narrativa confunde la objetividad con la neutralidad. La objetividad,
requiere que el investigador registre, desde sus herramientas metodológicas y
epistemológicas, lo que realmente sucede en la realidad. El ejemplo que pondría
es el de las marchas recientes. El sábado 15 de noviembre apenas 17 mil o 20
mil personas estuvieron gritando consignas misóginas, antisemitas y de odio y
desprecio, además de la violencia que desataron, protegieron y justificaron. En
este caso, la “neutralidad” se hundió.
Los neutrales le apuestan a ocultar sus reales intereses, intenciones y
compromisos. El influencer que cobra 2 millones de pesos al PAN, no es neutral
ni objetivo. Es un jovencito que construye narrativas ideológica y
políticamente comprometidas con la derecha. El apartidismo es parte de esa “neutralidad”:
trabajo, cobro y hago contenido para el PAN, pero “mis opiniones” políticas no
están relacionadas con ese partido. La mentira y la manipulación es evidente. La
falacia de la neutralidad es insultante. El asunto es más simple: no milito, no
estoy en algún partido, pero trabajo para el PAN. Este escribano no oculta su
cercanía ideológica y política con AMLO y Claudia Sheinbaum, más nunca he
militado –ni lo haré- en Morena. Pero no estar afiliado a Morena no implica ser
“apartidista”. Mi partido es la izquierda y así será hasta el último día de mi existencia.
Hace algunos años dije que un gobierno como el actual, lo esperaba hace
décadas. Sus yerros, identificables, son cuestionables, pero no admito la neutralidad
ni la supuesta objetividad en lo que creo. Si en el ámbito académico rechazo
ambas posturas, con el desagrado de muchos colegas que tienen sus torres de
marfil, en particular en las universidades públicas y los llamados Centros Públicos
de Investigación del CONAHCYT, en los que durante el neoliberalismo se
apoltronaron en sus privilegios cientos de investigadores que rechazan a
quienes no son como ellos. Y los desprecian tanto, que en sus revistas no les
aceptan sus trabajos académicos.
La neutralidad es la gran farsa de las ciencias y la política. Todos los
hechos humanos son políticos. Bien lo afirmó Aristóteles: el humano es un “zoon
politikon”, un animal político o animal social. Desde mi perspectiva como
antropólogo, he planteado que excepto la genitalidad que establece las
diferencias entre lo que llamamos machos y hembras, los hombres y las mujeres
somos construcciones sociales, culturales, económicas, políticas. No somos
hombres o mujeres por tener órganos sexuales que son identificados como penes y
vaginas, sino porque la sociedad establece, política y socialmente, que esos
órganos nos hacen hombres y mujeres. El género no es una ideología, es una
realidad sociocultural, por lo que no hay neutralidad en el hecho. Lo neutral
es una máscara de la civilización.
En este contexto, en muchos ámbitos se considera que el avance
civilizatorio implica el reconocimiento de los derechos de todos y todas, pero el
proceso civilizatorio sigue negando la inexistencia de la llamada neutralidad y
objetividad. La civilización ha llegado hasta donde ha llegado, no sin ser
neutral o apolítica, porque, además, depende de la sociedad que Occidente
califica como civilizada. En el siglo XIX y el XX, muchos pueblos fueron calificados
por Occidente como primitivos, no civilizados. Y se escudaba en una falsa
neutralidad y objetividad. La antropología tuvo un papel fundamental en estos
calificativos obscenos.
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