domingo, 3 de agosto de 2025

Animalismo y brutalidad humana

 

El genocidio en Gaza es parte de la deshumanización de una parte de la humanidad. Por ejemplo, 90% de los abusos, crímenes de lesa humanidad y asesinatos, son desechados por el Estado sionista de Israel. Son conocidos los ataques asesinos de soldados y colonos israelíes. Uno de los ganadores del Oscar fue recientemente asesinado por colonos israelíes, todos fanáticos del sionismo, una ideología filonazi que justifica el despojo de los territorios y la vida de miles de palestinos. Pero esta brutalidad y el intento de aniquilar a todo un pueblo, no solo es contra los humanos, también en contra de los animales. No comentaré sobre la ganadería, las granjas de pollos, pavos y otras especies destinadas al consumo humano, en las que los abusos son cotidianos. Incluso, en los mercados públicos, sacrifican pollos enjaulados sin el menor remordimiento. Siempre procuro no pasar por esos puestos que expenden carne de pollos.

Nunca me he declarado animalista. Creo que no podría ser tan hipócrita, pues consumo carne de algunas aves y pescado, pero es realmente despreciable cómo algunos humanos maltratan, abusan y asesinan a lo que llaman mascotas. He tenido por muchos años perros, en particular labradores, porque son la “raza” que más amo, y cada vez que alguno se ha ido de mi vida, es un dolor tremendo. Tengo sus cenizas, porque, aunque es muy costosa su cremación, no me imagino que tiren sus cadáveres en el basurero, lo que implica un abuso humano más. El hecho es que la mercantilización de la vida de los animales es parte del capitalismo y sus diversas vertientes. Si la vida de los humanos no vale mucho, la de los animales menos. Sigo diversos sitios de denuncia en contra del abuso humano contra los animales y, en general, los casos son realmente despreciables, aunque la industria de la reproducción de distintas “razas” de perros, gatos y otras especies está en auge.

Los humanos convierten en mercancía, no solo a otros humanos, sino también a los animales. Según las recientes investigaciones paleoantropológicas, hace unos 25 mil años los humanos domesticaron, unos en Europa y otros en lo que hoy es China, al lobo gris, pero con el paso del tiempo se olvidaron de lo leales y amorosos que suelen ser las distintas razas de perros que fueron criando, mientras el capitalismo las fue convirtiendo en mercancías. Simples mercancías. Es lo mismo con los propios humanos. Son mercancías, no solo explotables en la fábrica, el taller, la oficina, el gobierno, la pequeña y mediana empresa, sino también en la vida cotidiana. Y los humanos suelen reproducir su condición de explotados en otros seres vivos, como los animales. Los encarcelan para ser exhibidos en zoológicos y circos, los usan para trabajos tan arduos que a veces desfallecen en la vía pública.

No soy animalista, pero es execrable cómo los humanos abusan y asesinan animales. No me refiero a los criados para ser alimento de los humanos, situaciones que deben ser revisadas, pues la crueldad es evidente, sino a los que se supone que los tienen como “mascotas”. He leído tantos casos que, en verdad, es infame la conducta de los humanos. Nada extraño. Hace unos días vi, en Netflix, dos documentales realmente terribles. Uno, sobre una secta fundamentalista, dizque cristiana, nada extraño en Estados Unidos, que trafica con mujeres menores de edad para sus miembros, y otro, sobre Jeffrey Epstein, el conocido pedófilo que supuestamente se “suicidó”, estando encarcelado en una prisión federal, pero, según testimonios científicos, alguien lo suicidió para no revelar los nombres de los participantes en sus perversidades, incluidos el criminal Donald Trump, el expresidente Bill Clinton y otros.

Los humanos, quienes domesticaron a los lobos grises, de los cuales descienden la mayoría de los perros actuales, no solo son hipócritas e imbéciles, sino también los maltratadores y abusadores de animales, se convierten en lo peor de la especie humana. Por eso no soy animalista.

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