El genocidio en Gaza es parte de la deshumanización de una parte de la
humanidad. Por ejemplo, 90% de los abusos, crímenes de lesa humanidad y
asesinatos, son desechados por el Estado sionista de Israel. Son conocidos los
ataques asesinos de soldados y colonos israelíes. Uno de los ganadores del
Oscar fue recientemente asesinado por colonos israelíes, todos fanáticos del
sionismo, una ideología filonazi que justifica el despojo de los territorios y
la vida de miles de palestinos. Pero esta brutalidad y el intento de aniquilar
a todo un pueblo, no solo es contra los humanos, también en contra de los
animales. No comentaré sobre la ganadería, las granjas de pollos, pavos y otras
especies destinadas al consumo humano, en las que los abusos son cotidianos. Incluso,
en los mercados públicos, sacrifican pollos enjaulados sin el menor
remordimiento. Siempre procuro no pasar por esos puestos que expenden carne de
pollos.
Nunca me he declarado animalista. Creo que no podría ser tan hipócrita,
pues consumo carne de algunas aves y pescado, pero es realmente despreciable
cómo algunos humanos maltratan, abusan y asesinan a lo que llaman mascotas. He tenido
por muchos años perros, en particular labradores, porque son la “raza” que más
amo, y cada vez que alguno se ha ido de mi vida, es un dolor tremendo. Tengo sus
cenizas, porque, aunque es muy costosa su cremación, no me imagino que tiren
sus cadáveres en el basurero, lo que implica un abuso humano más. El hecho es
que la mercantilización de la vida de los animales es parte del capitalismo y
sus diversas vertientes. Si la vida de los humanos no vale mucho, la de los
animales menos. Sigo diversos sitios de denuncia en contra del abuso humano
contra los animales y, en general, los casos son realmente despreciables,
aunque la industria de la reproducción de distintas “razas” de perros, gatos y
otras especies está en auge.
Los humanos convierten en mercancía, no solo a otros humanos, sino
también a los animales. Según las recientes investigaciones
paleoantropológicas, hace unos 25 mil años los humanos domesticaron, unos en
Europa y otros en lo que hoy es China, al lobo gris, pero con el paso del
tiempo se olvidaron de lo leales y amorosos que suelen ser las distintas razas de
perros que fueron criando, mientras el capitalismo las fue convirtiendo en mercancías.
Simples mercancías. Es lo mismo con los propios humanos. Son mercancías, no
solo explotables en la fábrica, el taller, la oficina, el gobierno, la pequeña
y mediana empresa, sino también en la vida cotidiana. Y los humanos suelen
reproducir su condición de explotados en otros seres vivos, como los animales. Los
encarcelan para ser exhibidos en zoológicos y circos, los usan para trabajos
tan arduos que a veces desfallecen en la vía pública.
No soy animalista, pero es execrable cómo los humanos abusan y asesinan
animales. No me refiero a los criados para ser alimento de los humanos,
situaciones que deben ser revisadas, pues la crueldad es evidente, sino a los
que se supone que los tienen como “mascotas”. He leído tantos casos que, en
verdad, es infame la conducta de los humanos. Nada extraño. Hace unos días vi,
en Netflix, dos documentales realmente terribles. Uno, sobre una secta
fundamentalista, dizque cristiana, nada extraño en Estados Unidos, que trafica
con mujeres menores de edad para sus miembros, y otro, sobre Jeffrey Epstein,
el conocido pedófilo que supuestamente se “suicidó”, estando encarcelado en una
prisión federal, pero, según testimonios científicos, alguien lo suicidió para
no revelar los nombres de los participantes en sus perversidades, incluidos el
criminal Donald Trump, el expresidente Bill Clinton y otros.
Los humanos, quienes domesticaron a los lobos grises, de los cuales
descienden la mayoría de los perros actuales, no solo son hipócritas e
imbéciles, sino también los maltratadores y abusadores de animales, se convierten
en lo peor de la especie humana. Por eso no soy animalista.
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