El cruento golpe de Estado, encabezado por Augusto Pinochet en 1973, no
parece haber calado en las estructuras sociales y políticas del pueblo chileno,
como se pudo haber esperado. La represión, asesinato, ejecuciones, desapariciones
y secuestros de hijos de opositores, marcaro a ese país de manera inexorable.
Mientras unos eran apresados y asesinados, algunos pudieron huir y asilarse en
México, u otros países. El presidente electo Kast, un probado derechista,
fascista, hijo de un nazi, logró romper ese progresismo chileno que, como dijo,
Nancy Fraser, filósofa estadounidense, era en realidad un “neoliberalismo
progresista”. Es decir, Gabriel Boric y su gobierno, prefirieron aliarse con
las fuerzas antiprogresistas chilenas, abandonando a los movimientos sociales
históricos de Chile. El actual presidente chileno, llegó al poder con el apoyo
de las izquierdas y organizaciones progresistas, de las que pronto se apartó
para organizar un gobierno “centrista” que pronto desilusionó a todos.
Sin duda, millones de ciudadanos chilenos prefirieron ponerse una venda
en los ojos y votar por un extremista de derecha que les prometió expulsar a
miles de inmigrantes que, según el candidato derechista, es lo que está
arruinando a Chile, aunque en términos económicos el país del cono sur no enfrentaba
problemas tan severos como Argentina en su momento. Pero la experiencia chilena
con lo que se llamó izquierda encabezada por Gabriel Boric, quien prácticamente
criticó y rechazó a regímenes como Cuba, Nicaragua, entre los más evidentes,
que decía no representaban a la izquierda chilena, fue un gran fracaso. Y no se
trataba que el fracasado Boric declarara a Chile socialista, sino que al menos
pusiera en marcha algo del programa político que enarboló durante su campaña
política. Por ejemplo, su oposición a los mapuches implicó represión y no
reconocer al grupo originario como sujeto de derechos y avaló que empresarios
privados derechistas continuaran usurpando sus tierras.
Ahora bien, si la derecha gana en las urnas, es porque la izquierda y
los progresistas en general, no resolvieron problemas. Gabriel Boric no
traicionó, fue un instrumento de una izquierda y una ciudadanía conservadoras,
convencidas de algún modo, del lado de la izquierda que llegó con Boric a la presidencia,
que los radicalismos no eran necesarios y que era mejor practicar un
neoliberalismo progresista que no rompiera con la historia chilena, la que es,
en parte, producto del experimento neoliberal que se empató con la dictadura
pinochetista y los Chicago boys, y por el otro, un escenario en el que el
conservadurismo pesa mucho, a pesar de la lucha universitaria que impulsó al
propio Boric a la escena pública. La educación pública fue una fantasía, porque
la educación privada en Chile sigue prevaleciendo y así seguirá.
El candidato Kast, quien ganó por medio las urnas la próxima presidencia
de Chile, ha sido exhibido respecto a su historia personal. Hijo y nieto de
nazis, personaje que reivindica al pinochetismo, centró su campaña en un asunto
que le arrebato a la izquierda de Boric: la seguridad. Un asunto fantasioso en
una sociedad en la que es un asunto, no menor, pero tampoco amenazador. El problema
es que lo centró en los inmigrantes, cuya mayoría es de origen venezolano, y a
quienes les ha achacado asuntos falsos, pero sobre los que millones de chilenos
han estado a favor. El conservadurismo es capaz de convertir una situación
propagandística en un problema. La amenaza de Kast en contra de los
inmigrantes, es real. Muchos inmigrantes, sobre todo indocumentados, porque
Boric no les dio la oportunidad de regularizarse, están desesperados y listos
para salir de ese país, previendo su ominosa expulsión.
Es realmente triste cómo, la derecha y pobladores que en su momento
votaron a la izquierda, hoy votaron por un nazi, pinochetista, a quien no le
importan las conquistas históricas de las mujeres y los progresistas. Es
necesario analizar qué pasa en estas sociedades conservadoras.
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