domingo, 1 de marzo de 2026

El suicidio, los suicidas

 

Este es un asunto recurrente en la vida de este escribano. Nunca lo he pensado o fantaseado, pero conocí a varias personas que lo lograron, sin fantasearlo, sin pensarlo. Lo hicieron y punto. La vox populi suele llamarle al suicidio la puerta falsa. Incluso algunos “expertos”, quienes jamás han estado en el lugar del suicida y de sus familiares, lo afirman. Desde la supuesta expertis de psicólogos, terapeutas, tanatólogos y otros que se van sumando, existen signos y conductas de las que hay que estar “pendientes”, porque parecen ser evidentes. Pero esto es falso, desde el punto de vista de este escribano pariente de suicidas. Nadie, por más atento que esté al comportamiento de un padre, tío, sobrino, amigo, se puede imaginar que un día se suicidará. La expertis de la que presumen muchos ni siquiera se acerca a la realidad del suicidio, los suicidas y su parentela. Sucede, aunque previamente se haya visto al suicida tranquilo, asimilando problemas o sin jamás haber presentado conductas que antecedieran a su propia muerte.

Con todo, es probable que los suicidas alguna vez hayan pensado en que desparecer de este mundo resolvería muchos problemas propios y de sus familiares más cercanos. Pero en otros, es más probable que el acto suicida sea parte de una situación límite, de un espontáneo “hasta aquí”. El suicidio de mi padre siempre ha estado revoloteando en mi mente. Sucedió hace tantos años que debería haberlo olvidado, pero no es así, porque algunas pocas imágenes de la convivencia con él y de su propia muerte –la nota roja periodística publicó una fotografía que no alcanzo a ver bien, solo veo a una persona que se ahorcó en una celda-, no me han permitido acceder al suceso y lo que implicó. Jamás he vivido el suicidio de mi padre como parte de mi vida. Sé que su figura me hizo falta en mi propia vida, pero lo único que he sabido es que fue detenido alcoholizado y encarcelado. Y al día siguiente amaneció muerto. Sin mayores explicaciones de la autoridad que lo custodiaba. Miré muy de lejos el suceso, porque el rechazo de mi familia materna a mi padre me había puesto en otro sitio.

Hace quizás unos diez años, un primo de mi hijo, el único vástago de una excuñada, se suicidó. Un joven de veintitantos años, músico, estudiante de psicología, aparentemente lleno de energía para la vida. Lo que supe es que su madre, el día del suicidio, no podía entrar a su casa, porque el joven, al parecer, había puesto algún obstáculo para entrar, y tuvo que hablarle a un amigo para que ingresara a su casa. Es decir, su mamá sabía que algo grave pasó, pero el miedo la paralizó, lo que indica que tuvo “señales”, como dicen los “expertos”, pero no las atendió. Incluso, uno de sus tíos biológicos afirmó que un par de meses antes, en el contexto de la ruptura del joven con una pareja, él le habría expresado que estaba bien. Una situación contradictoria. La familia de mi expareja, tiene problemas que atañen a la mente y el cerebro. Mi expareja, es bipolar, pero no es la única. Depresión, bulimia, bipolaridad, siempre han estado presentes. Mi suegra, de quien solo puedo decir lo maravillosa que era –poeta, lectora, fumadora, fiestera, repudiada por su esposo por su “locura”-, mientras sus hijos e hijas justificaban que mi suegro tuviera como amante a su secretaria, murió por un accidente doméstico mal atendido. ¿Un suicidio?

Estos tres casos –actualmente estoy escribiendo un libro que ojalá salga pronto, aunque sea financiado por mis escasos recursos- me llevan a reflexionar, como cada año, sobre el suicidio y los suicidas en México. Cuando mi padre murió, nadie de mi familia materna fue a su funeral. Cuando mi sobrino se suicidó, hubo un desfile de dolientes, pero solo escuché a mi ex decir que se había ahorcado; así, sin preámbulos. Cuando mi suegra murió de una septicemia avanzada, por el accidente en el que se fracturó una mano, solo escuché que no de sus hijos alegaran que mejor ni hicieran nada. Y sobre el suicidio del sobrino, solo escuché a su madre decir que “ya lo había trabajado mucho con su terapeuta”. Es decir, a nadie le importa el suicidio y los suicidas. Creo.

No hay comentarios: