En 1973, un cruento golpe de Estado en Chile, que incluyó el asesinato
del presidente Salvador Allende, electo democráticamente en las urnas del país
andino, cimbró América Latina, porque arribó a un país hermano una de las
dictaduras más sangrientas y asesinas. Cientos, sino es que miles, de chilenos
fueron masacrados y otros tantos tuvieron que huir de su país ante el temor de
ser asesinados. Muchos se refugiaron en México, país que siempre ha mostrado
signos de solidaridad con los hermanos latinoamericanos. Pero en este mes,
finalmente arribó un negacionista de la dictadura cobarde y asesina, un
pinochetista, que, paradójicamente, ocupa la presidencia de Chile, votado
mayoritariamente por el pueblo chileno. La restauración del pinochetismo
decidido por los chilenos. Parece una locura.
No es el único caso. En Bolivia, Ecuador, Honduras, Costa Rica, entre
otros países latinoamericanos, la gente va a las urnas, siguiendo las reglas de
la democracia burguesa, y vota por la derecha. Algo sucede con los pueblos,
algo va mal en la moral y ética de los ciudadanos. ¿No distinguen entre
dictadura y democracia? ¿No alcanzan a ver la ruptura moral y ética entre
derecha e izquierda? ¿Los derechos alcanzados, producto de luchas democráticas,
deben ser revertidos? ¿Acaso el conservadurismo gana en las urnas porque la
izquierda y el progresismo son obtusos? La democracia burguesa es sin duda un
gran sistema, el problema es que se ha convertido en una mercancía más, no en
un valor humano.
En Chile, le guste o no a Gabriel Boric, presidente saliente, y a sus
mínimos seguidores, la izquierda gobernante fue un fracaso, estridente. Durante
su mandato, se dedicó a normalizar el conservadurismo y el pinochetismo. El
caso de la etnia Mapuche, es solo un ejemplo de los errores de esa izquierda
universitaria que no salió del ámbito universitario. Supuso que gobernar un
país en el que la derecha y el fascismo es una realidad, era una consigna
universitaria. De este modo, oponiéndose a las conquistas de los movimientos
sociales que lucharon por derechos fundamentales, pavimentó la restauración del
pinochetismo. No tuvo un programa social y político transformador. Boric,
prefirió montarse en la derecha realmente gobernante.
Ahora bien, Chile es el ejemplo de tres fracasos: a) la izquierda universitaria
que jamás aprendió a gobernar para las mayorías y que nunca emprendió un
proyecto transformador; b) esa izquierda nunca promovió, ideológica, ética y
políticamente, una consciencia política entre la ciudadanía que de seguro
esperaba algo diferente, y c) la izquierda chilena universitaria no aprendió de
su historia previa, en la que Salvador Allende puso el ejemplo en América
Latina, lo que para Boric parece que fue un error. El pinochetismo regresó a
Chile por los errores, inoperancia y torpeza de un gobierno de izquierda, el
cual desconoció su pasado de lucha. Boric no hizo el menor esfuerzo por
promover una transformación profunda de la sociedad chilena.
Con todo, el pinochetismo no solo regresó por la torpeza de Gabriel
Boric y su inoperante gobierno, sino también por una población cuya consciencia
histórica desvaría ante el impacto del pinochetismo. Al parecer, los muertos de
la dictadura pinochetista no fueron tan importantes para que los chilenos, en
su postura en contra de un torpe presidente de izquierda, no reaccionaran por
la continuidad de un proyecto progresista. No hay que olvidar que Chile fue
también el mejor lugar para poner en práctica el neoliberalismo de los Chicago
Boys. Y el modeló sigue vigente y es parte de la cotidianeidad de millones de
chilenos: salud, educación, derechos, todo determinado por el capitalismo
salvaje. Los chilenos avanzaron mucho en la conquista de algunos derechos, pero
el problema es que el gobierno de Boric no hizo más para profundizar los
procesos a favor de las mayorías. El gobierno de Boric tendrá que ser una
importante lección para otros gobiernos latinoamericanos. No ceder, no
extraviar. Los ciudadanos son primero.
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