En el Instituto Politécnico Nacional (IPN), se conjuntan una serie de
taras y trabas. Una instancia creada por el presidente Lázaro Cárdenas en 1936,
sobre todo con la finalidad de educar a tecnólogos para fortalecer una planta
de profesionales capaces de asumir las tareas que en su momento deparó la
transformación del país y posteriormente, la nacionalización de la industria petrolera,
exhibe hoy su anquilosamiento y anclaje a un régimen en el que los modos
priistas subsisten. El actual director del IPN es un excelso científico que
cumplía funciones científicas en el Reino Unido, cuando AMLO lo invitó para
repatriarse y asumir la dirección que aun todavía ostenta. Quizás sea hora de dejar
esas funciones administrativas y abrir paso a una nueva dirección y atender las
diferentes exigencias de los estudiantes de esa institución, algunas de ellas,
desde el punto de vista de este escribano, de un izquierdismo extremista que
carecen de un contexto.
De ningún modo rechazó las exigencias de los estudiantes del IPN, pero
han llegado a un punto en el que no parece haber solución plausible. Del
izquierdismo extremista parece que podrían transitar a la extrema derecha.
Aunque muchos en la izquierda buenaondita rechacen este planteamiento, pero el tránsito
de la izquierda a la derecha es bastante común. Y muchos lo hacen sin el menor
rubor. La derecha mexicana está actualmente llena de izquierdistas sin
escrúpulos. Asimismo, muchos que siguen en esa izquierda buenaondita, no se
cansan de torpedear y golpear a la 4T, Morena, AMLO y Claudia Sheinbaum. El
purismo izquierdista es realmente vomitivo. Este escribano siempre ha
simpatizado con las izquierdas, pero desde una postura moderada. La izquierda buenaondita
no puede exigir de un gobierno progresista una radicalización por la que
millones de mexicanos no votaron.
Los 36 millones de mexicanos que votaron por Claudia Sheinbaum, no lo
hicieron por que México se pareciera a Cuba o la Venezuela de Hugo
Chávez-Nicolás Madura. Votaron, adelanto esta hipótesis que he planteado en
otros lugares, por la continuidad de un proyecto que AMLO impulsó, pero también
por un México democrático, no socialista o comunista, como le encanta a la
derecha gritar. Es decir, millones de mexicanos fueron a las urnas en 2024 para
ratificar su deseo por un gobierno que continuara con las transformaciones
impulsadas por AMLO, pero no, a pesar de los deseos lascivos de la izquierda
buenaondita, porque México sea declarado socialista o comunista. Hay que ser
caradura para desentenderse de un contexto geopolítico en el que Estados Unidos
domina y que hace todo lo que esté a su favor para revertir gobiernos
progresistas que le sean adversos, que no les “obedezcan”. Ahí están varios
casos en Centroamérica y Sudamérica.
Ahora bien, el mantra de la autonomía de la izquierda buenaondita es
realmente patético. La autonomía en muchas universidades públicas significa
ausencia total de rendición de cuentas, amiguismo, nepotismo y uso de los
recursos públicos sin claridad, por decir lo menos. El ejemplo más cercano de
este escribano es la UMSNH. Este escribano estudió un doctorado en esta gran
institución pública, pero se percató de muchas anomalías. El solo hecho de
cobrarnos cuotas por cada trimestre y no saber en qué se usaba ese dinero, es
de muy cuestionable. Y me refiero a un solo instituto, no a toda la
institución. Y conozco personajes que cuando los corrieron de sus puestos en el
gobierno estatal, se fueron a refugiar a esa instancia, con grandes salarios y
prebendas. Siempre ha sido el uso faccioso de las instituciones y los recursos
públicos, sin tener que transparentar.
Cuando se exige transparencia, siempre se acude a la narrativa de la “autonomía”.
Si actualmente el IPN muestra rasgos de corrupción y ausencia de rendición de
cuentas, que nadie suponga que con la autonomía la situación institucional va a
cambiar. La autonomía es una simple medida para seguir ocultando los yerros
institucionales. Urge pensar en soluciones distintas.
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