Hoy ha sido un día extraño. De pronto, comencé a pesar en algunas
personas cercanas que decidieron partir por propia mano de este plano. En otras
ocasiones he escrito sobre el suicidio y los suicidas, pero no desde una
perspectiva académica, sino a partir de las experiencias personales en las que
he estado envuelto. Los estudios sobre el suicidio llenan los estantes de las librerías
y bibliotecas. Todos, desde el ojo “científico”, buscan explicaciones y
especulan sobre las motivaciones que llevan a las personas a quitarse la vida,
pero, desde mi punto de vista, caen en simplismos y lugares comunes. En la
mayoría de los casos, olvidan a los suicidas. Uno de los últimos suicidios que
asolaron mi vida, la madre del suicida, a una pregunta expresa sobre qué habría
pasado me dijo tajantemente: ya lo trabajé mucho con el terapeuta. Es decir,
aparentemente en lo emocional ya lo había resuelto.
Es la apariencia. Dejarle al psiquiatra, psicólogo, terapeuta, que los
fantasmas se alejen después de un acto tan atroz, es intentar enterrar a
alguien quien quizás ni señales dio, porque lo de las señales es la cantaleta
favorita de los “expertos”. Hay que estar atentos, dicen, los suicidas van
dejando rastros por todos lados, lo que creo que es una falacia. Según otro
pariente del suicida, un par de meses antes, después de la ruptura del suicida
con una novia, le preguntó cómo estaba –un hombre preguntando a otro hombre,
uf- y respondió: todo bien. Y se olvidaron de las “señales”. Semanas después
esta persona se suicidó de la manera más atroz que pudo. La persona más cercana
a este suicida me comentó que ese día fatal, llegó a su casa y no pudo abrir la
puerta. Tocó repetidamente y no respondió. Llamó a un amigo, a la familia, y
finalmente entraron, evitando que está persona entrara porque el suicida se
había colgado de unas escaleras.
Ya me percaté porqué pensé los suicidas cercanos. Hace un par de días
leí horrorizado que un jugador de Sudáfrica se había suicidado. Unos días
después de haber participado con su equipo de futbol en el Mundial 2026 en
México. Tenía 25 años y, según la prensa, estaba deprimido. Es todo. Nunca supe
que uno de mis suicidas cercanos hubiese dejado una nota por su irremediable
partida, pero eso no importa. Cuando supe que mi padre, hace tantos años se
había suicidado y nadie supo decirme la razón, solo encontré en la prensa
amarillista una foto de un hombre colgado. Esa imagen la llevo en mi mente. A veces
sale a relucir, porque resulta que no tengo una imagen de mi padre en otro
momento. Mi madre y mi padre no vivían juntos, estaban separados y la familia
de mi madre lo repelía. Cuando iba a vernos, a mi hermano mayor y a mí, una
reja lo detenía. Recuerdo un día, cuando mi hermana nació, los dos hermanos,
vestidos de blanco, fuimos al hospital a ver a mi madre recién parida a mi
hermana. Mi padre nos llevó de la mano.
Ambas imágenes, contrastantes, de un hombre colgado y de un hombre
buscándonos y llevándonos a ver a mi madre, me acompañan. La ausencia de mi padre
la sentí años después, porque en realidad era alguien lejano, sobre quien se
decía era nuestro padre. Descubrí también, en esas distancias poco sentidas,
que mi padre era papá de mi hermano y mío. Mi hermana era hija de alguien a
quien no conocí. Jamás he juzgado a mi madre. Ella se fue a la tumba con ese
secreto, el cual era suyo. Igual se llevó otros. Uno del que mi hermana se
enteró por una prima solterona que no sabe callar. Parece que herir a otros es
lo suyo. Mi mamá tuvo otra hija, pero mi abuela materna la obligó a dar en
adopción. Yo supe antes de esta historia, en apariencia truculenta, pero no
tuvo efectos duraderos en mi realidad. Lo mismo pasó cuando supe que mi padre,
un huérfano de la capital mexicana, había sido adoptado por mis abuelos
paternos, había tenido otra hija, es decir una hermana de mi hermano mayor y
mía. Qué ha sido de la vida de estas personas, no lo sé. Pero todos estos
recuerdos de mis suicidas, se agolparon en mi mente cuando leí sobre el
suicidio de ese joven futbolista sudafricano que jugó su primer y último
mundial en México, contra México.
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