Con muy pocas excepciones –véase el reciente encuentro del Centro de Análisis de Coyuntura Económica, Política y Social de la UNAM-, los académicos e intelectuales mexicanos se han cuidado de expresar, debatir, documentar y analizar la actual coyuntura política en la que la amenaza de Estados Unidos a nuestro país es impactante. Solo entre analistas, incluidos algunos académicos, periodistas, que suelen publicar o participar en programas online en redes sociales, se advierte una cierta preocupación sobre una eventual invasión armada ordenada por Donald Trump, poniendo como ejemplo lo sucedido en Venezuela y la coacción esquizofrénica en contra de Cuba. Mientras, la academia mexicana se retuerce en sus odios en contra de la 4T, en particular hacia AMLO, el primer presidente de la 4T que cambió muchos de los términos en los que los académicos se habían anquilosado en sus torres de marfil.
En otros textos he planteado que, aunque las elites académicas e
intelectuales lo rechacen, durante el periodo neoliberal, grupúsculos de
académicos se conformaron y convirtieron en dominantes en las universidades
públicas, incluyendo algunos en universidades privadas que actualmente están a
la espera de resoluciones judiciales en las que pretenden recuperar sus
privilegios perdidos. Construyeron sus torres de marfil, recibieron becas y
apoyos para emprender programas de investigación, algunos hoy muy importantes,
pero que les sirvieron para pertrecharse en narrativas que intentan eximirlos
de su derechización. Buena parte de la academia mexicana se derechizó,
resistiendo algunos sectores de izquierda que actualmente resurgen como
críticos de la 4T, acompañando, de algún modo, el golpeteo de la derecha
académica, política, intelectual periodística.
Sin duda, el neoliberalismo, como ideología política que privilegió el
individualismo y el saqueo, así como política económica que cimbró las bases
económicas del viejo régimen, se fue imponiendo durante al menos tres décadas
en México. En el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, recuerdo bien cómo entre
algunos sectores académicos y profesionales se exalto la idea de que la gente
tenía que estar “preparada” para el primer mundo. Era la promesa ideológica y
política del corrupto Salinas, lo que jamás llegó. Pero entre muchos académicos
e intelectuales dejó huella. No importó la debacle de inicios del gobierno de
Ernesto Zedillo, sino que se siguió suponiendo que el neoliberalismo era la
respuesta al oscurantismo del PRI. Con el PAN en los siguientes 12 años, el
mundo académico conoció la prosperidad que esperaba desde hacía años. Muchos,
en lo individual y en lo grupal, aplaudieron las nuevas normativas del CONACYT
y de las universidades públicas en las que se repartieron los recursos públicos
excesivamente generosos.
Los académicos e intelectuales fueron conformando, en las universidades
públicas, una serie de grupos que se encerraron en sí mismos, organizando
posgrados y grupos de investigación cerrados y exclusivos para unos pocos,
además de acoger a académicos extranjeros –no estoy en contra de atraer
investigadores extranjeros, pero debe de haber ciertos criterios- que se habían
acercado a esos grupos privilegiados, además de tener parejas mexicanas que
sirvieron para justificar su permanencia en México. Recuerdo bien cómo en algunas
áreas de conocimiento, como las física-matemáticas, varios extranjeros
pululaban en las universidades públicas e incluso se casaron con mujeres
indígenas, solo para justificar su presencia. No dudo que se hayan enamorado de
esas mujeres, pero fueron el perfecto justificante para tener privilegios en
algunas universidades públicas.
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