Llevo más de 40 años viviendo en el hermoso estado de Michoacán. Arribé
a Zamora, cuando era una localidad en la que lo rural parecía prevalecer.
Varios de los estudios realizados por estudiantes y profesores de El Colegio de
Michoacán, tuvieron a esa vieja Zamora como centro neurálgico de un área que se
estaba transformando rápidamente. Nuestra estancia como estudiantes, a pesar de
saber de algunas situaciones difíciles, fue realmente simple. Excepto algunos
compañeros que fueron echados de la gran sede académica del Bajío que el gran
historiador don Luis González y González fundó, varios otros compañeros
terminamos nuestra formación, pero sin ignorar que ciertas formas de producción
agrícolas estaban dominadas, no solo por ciertos empresarios, sino también por
algunos grupos non sanctos. Quizás lo que me asombró en esa época idílica, en
la que se nos recomendaba no tener una vida nocturna activa, no solo por estar
en el ColMIch para estudiar según los cánones de don Luis González, sino por un
lugar que se iba haciendo difícil. Por supuesto, algunos compañeros tenían esa
vida “prohibida” y más.
En aquellas épocas –ochenta y noventa-, todos los que vivimos en Zamora,
sabíamos que algo andaba mal en Michoacán. En lo ambiental, en inseguridad, en
dominio de grupos delincuenciales, y en oligarquías burguesas tradicionales
aliándose con grupos delincuenciales. Pero, es posterior a las cabezas en una
discoteque en Uruapan, y la declaración de guerra del asesino Felipe Calderón,
en diciembre de 2006, que a muchos se nos mostró que había gente que conspiraba
en contra de los michoacanos. Vi los bloqueos carreteros y el miedo. En los
2000, nadie podía garantizar que los michoacanos no estuvieran fuera de la
violencia delincuencial. Con el llamado “granadazo” muchos entendimos que nadie
estaba seguro. Y comenzaron a llegar los informes de la vinculación de los
gobiernos estatales, con las violencias y los grupos delincuenciales. A nadie
sorprendió –excepto a la UVAQ que la tiene como responsable de la carrera de
sociología- que la hermana del asesino Felipe Caldero, quien tenía vínculos
documentables con la delincuencia organizada michoacana, fuera promovida como
candidata a la gubernatura por el PAN.
A pesar de este adverso contexto, puedo afirmar que Michoacán no es un
estado narco. Hay una guerra soterrada entre grupos delincuenciales, por
territorios, plazas, trasiego de estupefacientes, áreas de extorsión, vínculos
empresariales y delincuentes, etc., como es el caso de Uruapan. La zona de
Uruapan –Tierra Templada, se le suele llamar- es una extensa zona ecológica,
ambiental social, económica, productiva, de transición entre la Tierra Fría –la
hermosa Sierra Purhépecha, habitada por la etnia Purhépecha y amplios
conglomerados mestizos- a la Tierra Caliente, en la que Apatzingán es el emblemático
centro del área calentana. Muchos pueblos Purhépechas se han organizado para
defender sus bosques, tierras y formas culturales y sociales de existencia.
Asimismo, la zona zamorana, parte de territorios aledaños al Lago de Chapala y
Jalisco –una zona que don Luis González llamó el JalMich-, asiento de pequeños
productores no indígenas, más cercanos al criollo los Altos de Jalisco, está
bajo constante amenaza.
Son vox populi los supuestos vínculos entre gobiernos estatal y
municipales, con las diferentes delincuencias, organizadas o no, pero estas
relaciones –muchas por ser probadas y documentadas- no hace de Michoacán un
estado narco. En mi opinión, los michoacanos construyen todos los días zonas de
resistencia a diferentes niveles. Algunos pueblos Purhépechas, por ejemplo, se
ha organizado para defender sus territorios. Las famosas rondas de Cherán, son
ejemplo. Y en lo cotidiano –vivo en un área urbana gobernada por el PAN, en la
que, a pesar del blablá de ese partido, a diario ejecutan a alguien, pero las
personas salimos diariamente a trabajar, de compras, a disfrutar de muchas
actividades culturales, y regresamos a nuestras casas a descansar para
despertar otro día. Algún día contaré algunos horrores que vi, pero que no
sufrí.